Fui nuevamente a la cata de empanadas del Círculo de Cronistas Gastronómicos para definir la mejor de Santiago. Esta vez se evaluaron cerca de 70 empanadas distribuidas en tres mesas de 4 personas. Los catadores no eligen por «gusto personal», sino por técnica, producto y tradición: el grosor y punto de la masa, el equilibrio de los condimentos en el pino, la carne picada y la presencia de los ingredientes correctos. Y ahí va el primer gran error de varios: la empanada de pino lleva aceituna negra, jamás sevillana. Algunas ya parecían pizza con tanto menjunje que les inventan.

Lo que vi este sábado me dejó preocupada. De las casi 70 empanadas que pasaron por las mesas, el panorama daba pena: vi masas pálidas o derechamente crudas, o al contrario, muchas masas quemadas, un exceso de aire para disimular el tamaño, rellenos miserables y carnes con evidente sabor a raspado de fondo de olla. También unos dobleces de empanada frita y no de horno.

Mi conclusión: la empanada tradicional de pino perdió su calidad y disparó su precio.

Yo creo que esto es el reflejo perfecto del Chile actual. Veo una desesperación por abaratar procesos, recortar ingredientes y acortar tiempos para cobrar un poco más y «no perder» margen. Yo entiendo cómo funciona la economía y la presión de los costos, pero pregunto en serio: ¿vale la pena comernos algo mediocre? Una cosa es comprar un producto industrial y sin corazón solo para calmar el hambre al paso, pero destruir un ícono del mes que todos esperan me parece inaceptable.

Siento que hay una pérdida del oficio. Hay recetas mal adaptadas, cocinas sin inducción sobre nuestra tradición gastronómica y locales ajustando el sabor a lo que salga más barato. Mi postura aquí es al choque: si le vas a cambiar la base, no la llames «empanada de pino». Déjala con otro nombre.

Esto no es solo un ajuste de mercado, es un abandono cultural. Despues de haber estado en 4 concursos y ver como ha ido bajando el nivel, me cuestiono lo siguiente: ¿Será que nos hace falta enseñar cómo se hace la verdadera receta? ¿Dejamos de valorar nuestras tradiciones?

Abro el debate: ¿Creen que se debe hacer más ruido y concursos para alertar lo que de verdad está pasando con nuestra gastronomía?

Sobre este mismo fenómeno de la pérdida de identidad escribí hace poco en mi columna «Los Bares de Barrio» para la Revista Modo de Vida, acá el link para que lo puedan leer.

También puedes revisar el proceso completo del Concurso y las versiones pasadas en 800.cl

Y les dejo algunas fotos que registré para esta versión del concurso que ya lleva 23 años realizandose.

Una respuesta a «¿Masas crudas y poco relleno? Lo que vi en el concurso de la empanada del Círculo de Cronistas Gastronómicos»

  1. La empanada no nació exclusivamente en Chile, pero Chile la hizo suya. La adaptó a sus ingredientes, le dio el carácter del pino, la llevó al horno y la convirtió en parte de nuestra memoria familiar y de nuestras Fiestas Patrias. Esa apropiación cultural, transmitida de generación en generación, es lo que hoy nos permite reconocerla como uno de nuestros grandes símbolos gastronómicos.

    Muchos esperamos durante meses ese momento: abrir una empanada recién horneada y encontrarnos con una masa dorada, un pino jugoso, buena carne, cebolla bien cocinada y el equilibrio de sabores que nos conecta inmediatamente con septiembre y con nuestra historia. Por eso decepciona comprobar que, con el paso del tiempo, algunas empanadas tienen cada vez más aire, menos relleno, masas crudas o recalentadas y precios considerablemente más altos.

    No está mal que la tradición también sea un negocio. Detrás de cada buena empanada existen trabajo, experiencia, materias primas y familias que viven de este oficio. El problema comienza cuando el negocio vacía a la tradición de su contenido y la reduce solamente a rentabilidad: abaratar la carne, acelerar los procesos, disminuir el pino y confiar en que el nombre “empanada chilena” será suficiente para venderla.

    Defender la empanada de pino no significa impedir que la cocina evolucione ni exigir que todas las recetas sean idénticas. Las tradiciones siempre han tenido variantes familiares y regionales. Pero innovar es distinto de precarizar. Una reinterpretación puede ser legítima si se presenta como tal; lo que no corresponde es cobrar por una empanada tradicional y entregar una caricatura de ella.

    Los concursos y la crítica gastronómica pueden ayudar, siempre que no se limiten a elegir ganadores, sino que también eduquen, transparenten sus criterios y promuevan nuevamente el oficio. Necesitamos valorar a quienes todavía respetan los tiempos, las proporciones y la calidad de los ingredientes.

    La empanada de pino es mucho más que una masa rellena: es identidad, encuentro y memoria chilena. Si permitimos que se transforme únicamente en un producto de temporada diseñado para maximizar márgenes, no solo perderemos calidad gastronómica; estaremos dejando que se debilite una pequeña, pero muy querida, parte de nuestra cultura.

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